El café por las mañanas es un inicio de
día bastante particular, pero contigo te digo que eso no haría falta, eres la
rutina que no me cansa porque dentro del espectro que creamos, las energías
palpitan con cada respiro que nos damos una vez que nos besamos. Mi cabeza te
habla y eso que no dice una sola palabra, te piensa suspicaz, te imagina con todos
los asuntos y con todos los temas, te ama y te espera, tu color, tu olor, tu
voz y ese sonido que haces cuando te acuestas en mis brazos. No te niego que el
mundo es mejor allá afuera, que existen un montón de situaciones que quizá te
hagan olvidar el hecho de que aquí hay un alma que clama tu espíritu, que
solicita tus labios sobre los míos, que tu cuerpo se fusione con el mío y que
quizá algún día veamos la unidad como una utopía imprescindible para nuestra
evolución emocional, para que no haya una excusa valida que separe nuestros
deseos porque si te soy más franco, eres la mujer que me ha mejorado la
realidad.
Te escribo porque no quiero que las
palabras se las lleve el viento, pretendo que las mismas te las lleves por
siempre, que recuerdes que el olvido nunca será una opción, que las
circunstancias son divinas cuando nuestros nombres se cruzan, cuando esas manos
se alzan y cuando nuestros sueños se unifican, dejando la realidad en un plano
que no nos interesa porque dentro de nuestro universo, siempre todo será
posible. Te pido que seas mi rompecabezas, te pido que me permitas tocar tu
imaginación, sentir tus emociones, permíteme estudiar tus mañas y hacerlas mías,
hablar con tus defectos y convencerlos de que no es un error juntarse con los míos. El café está listo.
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