sábado, 14 de junio de 2014

Caminaba el desierto un día, no quería agua, no quería comida, caminaba porque no podía correr, quería llegar al inmaculado horizonte, caer en el, si, caer hasta llegar al inicio de todo, aprender a volar en el descenso,  escribir una nota que describa bien lo que siente en ese momento, dibujar el arte de la surrealidad que viviría en ese entonces. No quería fornicar, no quería hablar, quería soñar dentro de esa realidad, sentir que todo era perfecto, sentir que las necesidades se las llevó el viento, ¿Que me tenía allí?  ¿Cómo llegue allí?  Los dolores de cabeza nunca faltan cuando en lo particular uno se da cuenta que algo no marcha bien, el proceso de reconocimiento de espacio y tiempo puede tomar segundos, minutos, horas ¿quién sabe cuánto más?

Puedo asegurar que recorrí el mundo de los muertos, puedo asegurar que vi al mismísimo Dios en persona, puedo incluso aseverar que volé desde mi cuarto hasta el espacio, como resultado tendría una desmedida lista de malos juicios, basados en términos bíblicos donde mis palabras serían marcadas por el número de la bestia, bestia que se hace pasar por autoridad, por pastor, por gobernante, por líder.

Leonardo Basulto

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