Desde mi prisión te recuerdo, me desvanecí para envejecer viéndote reír desde lejos, protegiendo lo que quedaba de mi, mis emociones estaban fuera del cuerpo de mi cordura, riendo en una ternura que solo yo podía entender. Desde estas cuatro paredes dibujé un mural que me lleva hasta a ti sin tener que salir, adorna este hermoso encierro, que me liberó del desastre más catástrofico, el odio. Tu aroma perfuma el coraje que me llevo a amarte, a ser paciente de tu memoria y sirviente de toda penuria.
Mucho quise decirte antes de irme pero cuando te vi, te vi tan feliz, que solo se me ocurrió perderme, lo siento, tuve que hacerlo. El tiempo fue pegándose a mi carne, arrugandola junto a las fotografías de aquel diciembre en los andes, sonreímos como si no hubiera un mañana que ver, una tarde que conocer, una noche en la que tu y yo tuviéramos que tomar un poco del otro.
En ese particular momento mi sangre se hizo caliente ante aquel frío potencial, solo para darte confort, dicen que el amor lo puede todo, pues el amor me hizo hacerte el amor con solo verte, con solo besarte, con solo decirte cuanto te amaba, me hizo besar tus labios cuando estos lo pedían, cuando estos sencillamente lo aclamaban. Confieso que ignoré toda propuesta que me alejara de ti, confieso que asesiné mi orgullo para que la humildad reinara en mi corazón, siendo nuestro regocijo el mejor de los distractores de este mundo en una constante destrucción.
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