-Toma mi mano- le dije, me sonreí y le pedí que tomara lo que quisiera de mi, mi corazón o mis recuerdos, mis lunas o mis ideas, mis sueños, mis ganas, la visión que me mantiene en pie, o el deseo que despierta mi espíritu del largo sueño de la idiosincrasia. Muchas cartas le escribí, pero muy pocas le mandé, desde este encierro tampoco puedo hacer mucho, sus visitas no frecuentan, sus palabras tampoco, solo me queda la imagen de algo que sin querer pudo ser y de algo que ni queriendo será.
La conocí en una plaza en Santa Monica, ambos estábamos leyendo sentados en uno de esos bancos comunes, y pues la hora desconocida me hizo preguntarle, y por allí el intercambio se dio, sin problemas y sin prejuicio, sostuvimos una amplia cadena de temas, nos tomamos un jugo y así como el día se hizo noche, la noche se hizo sobre nosotros, el tiempo nos fue acercando y así como la lluvia cae de las nubes, el amor cayó sobre nosotros.
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